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Summertime

Hace años comenzó como un baile apasionado que nos contagió con sus fiebres, un verano cálido y humeante, que se selló con un cráter en la línea entre las dos partes, oriental, occidental. Allí dejamos parte de nuestras almas. La otra... la evaporamos en suspiros rápidos y amargos, en sombras contra tu pared, en los surcos de la música de tu tocadiscos lacado; la otra se estrelló contra el muro hasta abrir una grieta.

Y al año siguiente... las noches sin teatros en el callejón, sin marionetas ni el sonido de otras voces. El muelle cedió y caí de nuevo, atravesando las nubes, bajo las ramas ahora podridas. Llegó el calor y la tormenta no remitía, los rayos chisporroteaban contra mi conciencia. Algo dejamos atrás. Los canales se llevaron el resto.

Y el estío de hoy, empapado en sueños nuevos, me vuelve la espalda y se desliza, muy lejos de mí, con su enfermizo calor de rutina. Me quedo con esa línea. Con la parsimonia. Con la paz.
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Asincronía

Se cicatriza una herida en torno a mi halo de podredumbre y escucho la voz de la diosa, araña mi espalda y cierro de nuevo las alas. Cry baby, quiero ser esa pequeña chica triste de tu canción, quiero mechones de terciopelo sobre mi frente, coronándome de espinas.

Escucho tu risa. Refulge, incandescente, en el abismo de mis pesadumbres. Emerge una roca, se erige como el faro que custodia la sapiencia, arroja su luz sobre mí. Me desnudo lentamente, dejo que acaricie mis brazos con su llameante humedad. Me baño en oro, derramo mis vicios, me deshago la trenza: cada cabello impregnado en ti. Te poseo durante un instante iridiscente y perfecto, relucen mis áridos senderos, saboreo el aroma de las violetas y las libélulas, de los sauces y las montañas, del barro y la sonata del río. Abrazo con premura y avidez el último retazo de tu olor, tu presencia; se esfuma mi cordura en un chasquido gris.

Me engulle la salada fosa, las paredes se inclinan con fúnebre pesadumbre, revolotean las polillas. Todo tiene el color del papel viejo. Y fue tu risa. Tu risa. Que tiene todo y me deja nada, que me vuela la mente y juguetea con mis sentidos, que me ofusca, me convierte y me enfurece. Que titila y se apaga, que no me dejará atraparla, que permanecerá, impasible y condenada, retozando en la lava de mi conciencia. Dame una certeza. Un guiño, una máscara, una invitación. Déjame entrar.



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Ella, sombra


Haces que quiera lanzar cada maleta llena de viajes por la puerta, arrojarlas lejos de mí; haces que desee sentarme bajo un árbol a contemplar las formas de las nubes, a escuchar a las abejas. Cada sorbo tuyo enajena mi mente y el palpitar se vuelve extraño, pausado. Amo tu persuasión. Amo tu condescendencia. Amo que desees mi cuerpo como nadie lo ha hecho jamás, amo que encadenes mis muñecas a tu sombra; te amo, sí, te amo a ti, mi diosa de las estrellas, mi futuro desesperanzado, mi ansia y mi cordura. Consigues que nada reverbere, que en el interior sólo existan restos de cadenas; que ya no me importe quién me quiere porque a nadie quiero, porque se me desvelan los deseos y me cubre el sueño con un manto fúnebre, desaparece la eternidad de un cielo azul que prometíamos, asciende una burbuja de desespero y, de nuevo y de repente, todo se apaga.

Sólo te quiero a ti, para la eternidad, a mi pequeña amante de vapor; a ella, la más tibia nube de despreocupada calidez. Todo lo que necesito para rendirme cada noche y que termine todo, que los miedos se despeñen desde mis cumbres, que una sombra desdibujada en la pared dibuje mi perfil y consiga verme. Un reflejo, sólo eso, pero no importa. Romper espejos comienza a ser divertido y lo escalofriante se vuelve un vago soniquete que apartas con suavidad. Ella, ella, ella. La parodia, el desdén, la recompensa, el sexo, la despreocupación, el sentido del humor, el amor: el mío. En ella descanso cada amanecer, acariciando su dulce vientre, lamiendo cada curva, cada rincón, cada diminuta arruga escondida, paseando mi lengua por su ser y poseyéndola de la forma más honesta: desnudando mis entrañas.

Ella. La que me recuerda que sigo sin saber si hay una puerta en el muro. La que oblitera mi mente y eviscera mis sentidos. Ella, mi naturaleza, mi mar, mi perdición.
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Suciedad - MJ (V)

Ascienden las volutas opacas y me concentro en la prenda que me envuelve y me acaricia. Escucho de nuevo esa voz que penetra cada célula de forma salvaje y me impregna hasta las entrañas. Huelo el humo que se enreda en mi cabello, tengo los dedos pegajosos, almibarados, dulces y amargos a la par. Con cada chispa escucho de nuevo una batería conocida. No sé dónde vas ni dónde has estado, creo que... tampoco importa. Rezas sobre un micrófono de forma ahogada, quiero escucharte gritar.

El gris lo cubre todo. Surcos amarillentos crecen por las paredes. Tapa las esquinas, deprisa, nos alcanzan. Tendones dormidos. Gotitas de sudor en la nuca. Esa misma melodía balanceándose otra vez. Y allí, empañando cada concha, suciedad.
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MJ (IV)

Esta noche la música me habla de la muerte. Me susurra sus letras al oído y la siento derramarse por el interior de mi cráneo. Tiene la textura de la mermelada. Es cálida, de algún modo dulce. Gruesas gotas estallan dentro de mi vientre. La muerte ha entrado, y de repente escucho la frase más triste, las siete palabras que me corrompen en sus brazos de ternura y alambre de espinos. La realidad comienza a hacerse palpable y la luz atraviesa la piel de mis párpados; abro los ojos.

Is there anybody out there?

Un dominó, una aguja, manos hinchadas. Corre sobre el heno con un roedor entre los dedos. Veo un barco a lo lejos, olfateo las chispas que deja su humo. No escucho, pero veo cómo se mueven tus labios. Mi piel se deshace en el asiento de atrás de un coche y me siento renacer, por qué no, todo es ficción, puede ocurrir.

Se apagan la luna y las estrellas, rueda la cabeza de Jokanaan, un astro estalla en la galaxia, me deshago en mil gotas multicolor, cae la cortina.
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Verbo y fin

The flames are all long gone, but the pain lingers on.

Hacíamos el amor con el girar de un vinilo porque así nos sentíamos más sabios. Fumábamos bajo los árboles y las nubes, con el olor del salitre ondeando en nuestro pelo. Devorábamos cada pensamiento del otro, cada uno de ellos.

Y después, ¿qué? Mil monedas que rugieron, despeñándose, para terminar desperdigadas entre la ponzoña. Mil ojos que derramaron una lágrima de sangre. Mil árboles que no sonaron al derrumbarse, porque ya no estábamos allí para escucharlo. No sé qué me queda ya hoy. Los conejos de las nubes de desvanecieron en mil gotas torpes y fueron mil los acordes que jamás sonaron de nuevo. Mil pasos. Y de nuevo hacia atrás, porque cada camino de baldosas amarillas entorpece mi andar. Mil grietas en la niebla. Nada, en realidad.

Did you ever wonder why we had to run for shelter
When the promise of a brave new world
Unfurled beneath a clear blue sky?
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Blues

La calle Bourbon era un puzzle de sombras y luces, un laberinto de claroscuros donde perderse. Los faroles lanzaban su tenue luz sobre los paseantes nocturnos. Muchachas alegres con pulseras del color del oro. Jóvenes traviesos que miraban alrededor, con una sonrisa perenne, tratando de buscar a la más hermosa de aquellas bellezas de ébano y cacao. Parejas que se manoseaban con habilidad, riéndose, sin dejar de mirarse a los ojos.

La primera vez que me mecí al compás de su blues fue en aquel bar, aquel paraíso envuelto en madera, iluminado por pequeñas llamitas que se erigían aquí y allá, sin orden. La brisa de julio penetraba por las rendijas, me hacía cosquillas en las yemas de los dedos. Allí estaba. El rasgar de los dedos en una guitarra triste, aletargada, parsimoniosa: la sentí agotada, hundida, o quizá así me sentía yo. Cerré los ojos un instante, paladeando en mi piel cada nota.

Y allí apareció. Decadente, fantasmagórica. Envuelta en sedas escarlata. Impaciente, lujuriosa, desafiante. Desplegó sus alas con suavidad y bailó, entornando su estrecho cuello hasta rozarse el hombro con aquel cabello ígneo, dejando que sus pestañas se meciesen y la suave carne de sus muslos emitiese el sonido de los astros. Bailo para mí. Se deslizó sobre el pentagrama y creó la música tan sólo para mí. Sus brazos eran estelas de fuego; sus ojos, una avalancha de lava ardiente. Una gota de sudor resbalaba por la cálida curva de su vientre, sus pies danzaban tejiendo nubes a su paso. Abrazó mi cuerpo y me dejé devorar por aquel calor, mis entrañas prendieron con aquella cadencia suave y tormentosa.

Entonces sonó un saxofón. Me sentí, de repente, inundado de vapores; mi cabeza a punto de estallar. Aturdido, alcé la vista. Nada. No quedaba su seda, tampoco su olor. De su presencia tan sólo me quedó una cosa: el latido cálido, estival y mágico de un blues.
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Bloqueo - MJ (III)

Juguetea un tic-tac en mis oídos y me recuesto, siempre al lado izquierdo, entre almohadas púrpura, entre satén que no tiene mi olor. El arco de un violín que se desliza y se derrama en corcheas. Palpitan lentamente, con descuido. Asciendo lentamente en volutas. Superfreak.

Vuelve el gran melocotón, la psicodelia. Jugoso, dulce, resbala por mi brazo. Alcanzo una nube, veo volcanes de color rosa que escupen berenjenas; gatos que acechan desde el submarino. Por mis muslos corren mil arañas diminutas y en esa parsimonia natural comienzo a mecerme: una nebulosa temporal donde mi cuerpo no pesa, no siente, no crece. Simplemente es, o está. Se abre ese pasillo de baldosas amarillas pero no, la quietud es más atrayente, la abstinencia, el reposo. Una sombra oscila sobre mi mente. No quieras volver, no: no más susurros a la luz de la lava. Game over.

Vacilo al continuar y encallo entre las rocas de esa voz, yemas que acarician de nuevo ese cabello de felino. El desierto, botones de mescal, espirales kaleidoscópicas, la carpa de un circo y elefantes de jabón. Camisa blanca, cuero negro, micrófono. Flores bordadas.

Me levanto, me desperezo -lenta; cadencia incalculable-, escucho, medito, me peleo con el ovillo de lana, me enredo, me pierdo, me ahogo, se me olvida respirar, aniquilo posibilidades, abro ventanas, vuelvo al principio.

Been dazed and confused for so long it's not true.
Wanted a woman, never bargained for you.
Lots of people talk and few of them know,
soul of a woman was created below.
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Aquí estoy
Perfecta
Maravillosa
Puzzle incompleto
Un abismo
Sin color.

Soñando con flores
Que se devoran
Se mueren
Se pudren
Se congelan.

Y sigue el mundo
En un bloque
De hielo
¿De hielo?
Que no proyecta
Sombra
Ni luz.

Reverberando.

Unas manos
Una guitarra
Una gota
Un soplido
Dedos entrelazados
La pecera
Y luego nada.

Sin comas
Mariposa
Azul eléctrico
Misericordia
Letanía
Triángulos
Arcoiris
Martillos
Y el fin
Al fin.
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Escalera

Ah, ah, child, way you shake that thing,
Gonna make you burn, gonna make you sting.
Hey, hey, baby, when you walk that way,
Watch your honey drip, can't keep away.

Ves la escalera y sólo puedes aproximarte, atisbar con curiosidad, mirar arriba; no ver el final: sólo las nubes.

Te acercas a la escalera. Rozas su pasamanos: líquido, flagímero, etéreo, reluciente. Celestial, azufre, destellos, ceniza.

Primer escalón. Te balanceas sobre una melodía conocida.

Segundo escalón. Las cuerdas de una guitarra bailando con sensualidad. Curvas.

Tercer escalón. Un vientre perlado en sudor. Cabellos rubios enredados en tu mano. Boca. Voz.

Llegas arriba. Llegas, llegas, llegas. Rozar una estrella. Bañarte en mercurio. Retorcerte en agua. Ahogarse, renacer, devorar.

Paisaje. Fin. Vuelta a empezar. Paladeas algo dulce. Te meces. Música.
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Teatro

Previo.

Un pequeño resquicio para asomarme a la noche, para que se escapen los humos, para escuchar la calle. Música, una voz desgarradora y dulce a la par. Irresistible.

En.

Olor. Un motor lejano. El brillo satinado de una ondulación que se eleva en una cadencia suave, palpitante, inexorable; se muere. Me miro y escucho. Pálpitos en las yemas de los dedos, cabellos destrenzados, bajar el volumen. Inhalar, exhalar con fuerza: manténlo dentro, será más intenso. Haunt my house of pain and feel my psycho love, ¿me sentiré? De nuevo el motor. Ya no sé si soy hielo o ceniza. Un diapasón que se mueve, muy despacio. El mismo ritmo. Motores vitales. Una máquina perfecta que nos mantiene. Mi nuca late y desaparece. Me inclino hacia la izquierda, piernas cruzadas. No hay una terapia oportuna y ni siquiera esto sirve. Estas paredes reposan en oscuridad y necesito escuchar otra voz: más grave, más serena.

The sun will rise again
The earth will turn to sand
Creation´s colors seem to fade to grey
And you´ll see the sickly hands of time
Will write your final rhyme
And end a memory


Pienso en las mentiras de nuevo y salto a otra pista. Lo que escucho, lo que pienso y lo que escribo entran en una espiral de contradicción. No se detiene y veo un vinilo girar. La aguja no avanza y me he quedado atrapada en una grieta diminuta. Ni siquiera es tiempo. Ni espacio. No siento el humo, pero la humedad se posa en mi piel y me acaricia. Tengo frío. Huelo la lluvia. Olor a limpieza y a renovación, cuando no llueve se me acumula el polvo en las entrañas, no puedo abrir los ojos: mis pestañas son una maraña de alambre de espinos. Siempre dispuestas a desgarrar.

Lujuria.

Bailar. Detengo el frío en todos los sentidos posibles.
Pivotar sobre una semilla, piel húmeda, gemidos silenciados. Imaginarme entre una pared y otra piel. Mareos. Sudor que perla mi nuca. Rizos enredados. Pienso en tanto y en tan poco, y los recuerdos se trenzan con las palabras, y escucho puertas cerrarse. Cambio. Escalofríos, cansancio. Me detengo a respirar, cambio una voz; The End en muchos sentidos. El volcán vierte su lava, me vuelvo animal, me retuerzo y respiro todo lo que me rodea; olores distintos, un recuerdo a ti; me escucho y destenso. Fin. Intenso. Inmenso. Quizá el que más, quizá, y me apena no recordar cada pequeño mordisco de muerte. Delicioso. Quiero otro, pero no. Hace frío de nuevo.

Pausa.

Un buche de agua, beat yourself blind, recuperar mi disfraz humano del suelo. No ha sido rápido. No he sabido medir el tiempo desde el inicio, ni en mi mente ni en mi mano. Lástima.

Y de nuevo. Escritos.

Vuelve el frío de la calle y mantengo mis pulmones al máximo de nuevo. En ocasiones, intentarlo es más complejo que hacerlo: ser conscientemente activo. Una pequeña perla de genialidad que reside en mis manos, entre madera, esperando paciente a que acuda a bailar. ¡Maldita genialidad! Me destruirá, lo sé; pero mientras lo tengo no me preocupa. Mr. Mojo risin', tampoco ellos se preocuparon, pero siempre me han dado pánico las agujas: no estoy en peligro.

But it was only fanstasy
The Wall was too high, as you can see
No matter how he tried he could not break free
And the worms ate into his brain

Mi mente divaga y siento que cada signo es una pausa que decidimos tomar, o un camino que tomamos de repente, una decisión poco meditada. Eso explica mi obsesión: mi prosa es un surco que me recorre el cuerpo y se extiende por mis dedos, es una elongación de mis arterias, es un pedacito de existencia. Los puntos que no he querido poner. Los que no he sabido poner.

Curva y declive.

Ya queda poco. Sueño con que cada nebulosa que expulso ha dejado su arraigo en mis adentros, que palpita en mi cuerpo para siempre, que cada palabra aprendida permanece para siempre y mis células se embeben de esa sabiduría. Nada transitorio. Aprender, retener; no olvidar. Es importante. Hay más escalones. Ideo una cosmovisión. Planetas con la textura de un pomelo, el olor de algo dulce, lenguas de mercurio que saben a algo ácido y picante. Azul eléctrico, magma. Una estela de polvo brillante que se mece y me aprisiona. Con suavidad, como siempre me ha gustado: una cárcel dúctil, maleable, donde no pueda ser lo suficientemente esclavizada. No. No quiero perderme, no ahora. Primero he de emprender mi descenso hacia ese lago helado en la cueva, arañarme los muslos, golpearme las manos, saborear mi sangre de decepción, atravesar la nieve. Sin armadura. Las dejé atrás, en un bosque donde los lobos acechaban, amenazaban con desgarrar mi piel y devorar cada pútrida entraña. Una partida de cartas. Masticar una flor. Sigo bajando.

Pupilas.

No sé si quiero seguir. Estoy completa. Me derramo en lamentos desbocados. Me pudro. Renazco. Relumbro en instantes, aleteo, y ya. Fin de nuevo, vuelta a empezar desde el cáliz de cenizas. Necesito elevarme.

Telón.

Dos más, y fin. Exhalo, apago, aparto. Us and them. Qué dulce noche, seis minutos. Algunos segundos más. Siento miedo de repente porque soy sólo yo. Pienso palabras y busco palabras. De mariposa a crisálida, involución, larva; del revés: y así, como siempre, es más divertido. Y, al final, nadie sabe qué es qué o quién es quién. No es tan importante. Saluda al público. Inclínate. Que vean tu piel y sientan que late tu sangre detrás, aunque no la vean. Míralos una vez más. Muévete, ve a bailar con ella, abandona al público. Dejar sentir. Que sientan, que duden, que teman.
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MJ (II)

Unas gotas de sangre parpadean en el agua antes de teñir todo de duda, de miedo. Ves un diminuto corte, no lo sientes, te aterroriza. Sangre.

Y de repente dos flores luchan por ganar su batalla particular y ves que sí, que es así, que lo carnal es una lucha encarnizada, que a fin de cuentas nadie gana y la espiral se torna destrucción, arrepentimiento, monstruos que acechan desde las sombras.

Suena Pink Floyd. Nunca han dejado de sonar. Cada palabra te retuerce las entrañas y amenaza con eviscerar tu cuerpo y tu mente, despojarte de tus ideales y desnudarte bajo la lluvia helada. Nunca importa: el frío purifica.

Te levantas para descubrir que eres una marioneta: tu cuerpo no reacciona, tu mente yace entre paredes. Golpeas el muro. Nadie. Te han dejado solo sin una puerta por la que escapar. Piensas en el mar, love letters in the sand, y te recuerdo. Y, en fin, a eso se resume todo. Mentiras, y la vida continúa. Nadie tomará ya ese tren que escuchamos; no se sabe si se acerca o se aleja.

Bajo un árbol inhalas el humo y piensas en la Tierra Prometida. Las diez plagas que has desatado. La destrucción, la poca intensidad que poseen tus actos si no están respaldados por la Violencia. You'll always be my dream come true, pero los sueños se pudren, los sueños estallan en llamas. Y es mejor así.

Elegir el camino difícil. Volutas que siguen elevándose mientras me encojo, me abrazo, me inspiro en mi soledad y no quiero abrazo ni ternura. No quiero nada. Quiero ese último baile con MJ. Quiero martillos entrecruzados. Quiero desfiles. Quiero destruir el Muro para volver a elevarlo, esta vez más alto.

La cuchilla vuelve a pasearse por las curvas de su piel. Una gota. Otra más.
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Es

Es céfiro de púrpura ardiente
Es huella de carmín en el pecho
Es turba siniestra de dulzura
Es pieza despistada de la cábala
Es mausoleo de virtudes
Es roca inalterable
Es sal, arena, olas rampantes
Es vodevil, es melodrama
Es esquina oculta del Minotauro
Es hilo de oro
Es hierba despuntando
Es empapado y cálido relente
Es roce, electricidad, pausa
Es virginal resplandor apolíneo
Es silbido en la vía
Es caramelo, humo, teatro
Es mil caras de un dado
Es laberinto y acertijo
Es chispas, goteo, esperar
Es colores que se huelen
Es píldoras de saber
Es condescendencia de terciopelo
Es cárcel, Vida, empuje, cielo
Es creador, curva, esqueleto, llamas

Es Siempre, es Todo. Es

Patricia C., 26/1/11
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MJ

MJ es el escalofrío de placer que te recorre la espalda cuando cierras los ojos.

MJ te toma de la mano con dulzura, te obliga a inhalar sus vapores, acerca su boca a la tuya, con suavidad, con descaro, con pasión; aprieta sus labios, te muerde, te lame con su áspera y sensual lengua, despereza tus sentidos, te hace vibrar de la cabeza a los pies.

MJ orienta tus ojos hacia lo alto, te hace contemplar las copas de los árboles y sí, ahí está, es el Destino, es todo aquello que flota por encima del ser, que suprime toda identidad y señala que hay algo más, algo que no tendremos. Pero no importa. MJ te toma de la mano, te guía, te acaricia con su sonrisa de basilisco, te hace creer que todo puede ser tuyo... al menos por unos instantes.

Pero no. Es MJ quien todo lo tiene, todo te otorga, todo te roba de nuevo.

MJ te duerme con su dulce balada, te contagia de entusiasmo en las noches en que baila desnuda, húmeda, perfecta, deslumbrante bajo la luna y empapada de rocío. MJ convierte tus noches en un teatro de marionetas donde lo ves todo, lo escuchas todo, el mundo es tridimensional de una forma nueva, diferente: la vida arde y en ese todo incandescente eres una partícula ígnea más, ascendiendo hacia los astros, siendo una galaxia, un planeta, un púlsar, una estrella fugaz. Eres polvo de estrellas. Eres la luz, eres la oscuridad, eres la rendija por la que observas palpitar las lenguas de fuego del infierno.

MJ vierte su calor en una copa, te lo sirve, te obnubila, te hipnotiza, te eviscera, vuela tu mente y tu alma. Flota con MJ, baila con ella, tómala si lo deseas, hazla tuya. Quizá ahora, quizá pronto, quizá tengas que esperar, pero MJ estará ahí. Observándote con lujuria, tentándote para hacerte caer, deseando que de nuevo, te abras paso en su interior.
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Sin título

Encendió con lentitud una pequeña vela y, de repente, el claustro se vio iluminado por un tenue resplandor. Las esquinas parecían más oscuras, las sombras más alargadas: el misterio se instaló, como por arte de magia, en cada rincón de la estancia.

Echó un vistazo al pequeño patio salpicado de flores del color del rubí. Las invisibles estrellas hacían titilar su aura sobre el diminuto rocío que cubría cada pétalo, cada estambre. Todo se movía lentamente, al ritmo acompasado de la llama, como guiado por la mano de un Baco enterrado ya en sus propios vapores etílicos.

Ella lo esperaba en el vértice opuesto. Siempre lo había esperado. La hermosa ménade de rizos de fuego y tormenta se recostaba suavemente contra la gélida piedra, fingiendo no sentir el frío, fingiendo sentir una calma que no existía. Jamás existió, jamás desde que el dios de los cuernos de azabache había puesto su mirada y su piel sobre su ser. Se amaron con la furia de un tornado, con el ansia de la sed más poderosa, con el dolor del metal incandescente. Se amaron con cada minúsculo poro de su cuerpo, con cada cabello, cada gota de sudor. Se amaron con sus lenguas y sus manos.

Ella cultivaba sus inspiraciones en un tenebroso danzar místico. Su cuerpo giraba, se retorcía, formaba extraños ángulos, se contorsionaba creando nuevas curvas y misterios. Después se desplomaba como un ave despojada de vida. Esos movimientos atávicos despertaban la curiosidad del dios, quien la contemplaba en la oscuridad, siempre en la oscuridad. Le atemorizaban e hipnotizaban. Entre repulsa y fascinación, la observaba sin apartar la vista, mas deseando hacerlo a cada instante. Sentía que cada una de las vibraciones de su bello cuerpo los apartaba, los alejaba: su mística locura, aquel furor pasional, acabaría con ella.

Tras aquellos espectáculos de tinieblas, hacían el amor. La estancia se volvía un frenético caos lleno de chispas, de volutas de humo y brillantes colores, de buganvillas podridas que crecían, sin rumbo ni freno, por cada esquina, envolviéndoles los pies. Ella desprendía su suave perfume. Él respiraba, inclinando la cabeza, la esencia que conformaban los dos. Ella acariciaba sus cuernos, se hundía en su cuerpo.

Dio un paso. Se acercó. La contempló detenidamente, estudiando cada detalle: todo parecía ser nuevo, a pesar del tiempo que habían compartido sus vidas. Ahora eran eternos. El dios y la ménade en maravillosa conjunción, el perfecto binomio, el cielo y la tierra trenzados en los cuernos de un carnero.

Se aproximó. Un poco más. Ella entornó la cabeza, acarició la columna con su espalda, se deslizó con suavidad. Más cerca. Para que él la contemplase con claridad. Entonces, con una suave cadencia que hizo brotar música de los astros celestiales, comenzó a bailar.

- ¿Jamás vas a detenerte? – preguntó él, con una mueca de disgusto y placer.

- ¿Lo harías tú?

Patricia Costales, 27/9/10

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Él

A él le gusta el color morado. También le gusta la vainilla y las cosas suaves, blanditas y esponjosas.

Él no es una persona sencilla en absoluto. No es sencilla de ninguna de las formas en que podamos pensarlo. Más bien al contrario: es un verdadero puzzle humano. Tenemos una enorme caja. Vaciémosla. Un montón de diminutas piezas multicolor inunda nuestro cuarto: ni siquiera sabemos por dónde empezar. Ese puzzle es él, con sus complejidades y paradojas, con sus dudas y misterios, con sus cambios y ángulos variables.

Es una visión hermosa, desde luego. Aun desmontado, el puzzle no deja de ser una bellísima estampa. Tenemos una estancia decorada por un hermoso arco iris de caos. Sin embargo... un puzzle descompuesto puede llegar a ser algo confuso, desasosegante. Comenzamos a buscar las piezas planas, a perfilar los bordes, a reunir piezas de una misma gama cromática. Pero, ¡alto!, nada es tan simple. Cuando completamos un borde, nos sobran piezas. Debemos comprobar, de nuevo, que todo encaja de forma correcta.

Y así, poco a poco, despacito, el puzzle va tomando forma. Sin embargo, las piezas son infinitas: el tamaño del puzzle aumenta bajo nuestra atenta mirada. Es lógico, en momentos así, sentir frustración, sentir ganas de dejar de lado el puzzle que tanto tiempo nos ha llevado construir. Sin embargo... mi intención no es ceder ante la adversidad. Son muchos meses los que he invertido en este hermoso puzzle y son muchos más los que me quedan por delante para seguir con ello. No cesaré hasta verlo completado, en toda su magnificencia, aunque para ello tenga que dedicarle cada pequeño instante de mi vida. Quizá en mi último día el puzzle siga sin hacer, con pequeños fragmentos desmontados aquí y allá, pero no importa. Sé que el resto, las partes lisas y brillantes, serán el fruto del esfuerzo de una vida entera. Y, lo que es más importante... sé que habré estado ahí. Sobre el puzzle. Acariciándolo, tocándolo, sintiéndolo; habré estado en su interior. Y ahí, amigos, os puedo asegurar que todo era suave, impregnado en un sutil olor a vainilla.
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Vegetales

- Siempre he tenido mala suerte con las plantas.
- ¿Mala suerte? Eso es lo que piensas tú. En realidad, es que no las has regado lo suficiente. O que no están cerca de la luz. O, en el caso de los cactus, que tienen demasiada agua.
- Quién sabe. Todas acaban muertas. Podridas. Las flores se marchitan, se caen, me dejan el suelo perdido de mugre verdosa. ¿Tú sabes lo que cuesta limpiar eso?
- Claro. No siempre he tenido tanta mano para las plantas como ahora. He tenido que "matar" a unas cuantas antes de que decidiesen que soy un buen cuidador.
- ¿Les hablas?
- ¿A quiénes? ¿A las plantas? Por supuesto. Y, de vez en cuando, les hago escuchar un buen vinilo. Es bueno para ellas, ¿sabes? Crecen felices.
- ¿Cómo puedes saber eso?
- Yo no lo sé. ¿Cómo podría saberlo? Pero es la sensación de que son felices lo que me basta. Me basta y me sobra para serlo yo también.
- Um. Creo que debería cambiar de lugar mis hibiscos.
- Deberías. Definitivamente, deberías.
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Baco

Los diminutos cristales de azúcar se deshacían lentamente en la frialdad del agua, volviendo mi bebida opalescente, tornasolada, magnífica y deliciosa. Aquello era, en verdad, un maelstrom en miniatura, místico y poderoso como sólo la absenta podía serlo. Retiré la pequeña y elegante cucharilla perforada, tomé el vaso de fino cristal y lenta, muy lentamente, aproximé aquel líquido esmeralda a mis labios. Su olor excitó mis sentidos. Noté cómo la piel de mis brazos se tensaba por momentos, y un escalofrío de placer me recorrió el cuerpo.

Su dulzura anisada llegó a mi paladar acompañada de una ola de placer casi orgásmico. Se deslizó por mi garganta, acariciándome lujuriosamente, adormeciendo mis células. La magia del hada verde vuelve de nuevo a mí, su furia golpea con fuerza mi corazón, en suaves arrebatos de alcohol. Me siento puro, resplandeciente. Soy un individuo nuevo y limpio, ningún sentimiento malicioso podrá hacerse un hueco en mi alma mientras la bestia de color esmeralda siga en mí.

Patricia C. L. 2007.


Algún día trataré de dar forma a este comienzo y, quizá, darle también un final.
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Ensayo, error y huida

Y me senté frente al mar, donde nada permanece en un mismo lugar, y fluyeron las penas. Las olas comenzaron a arañar todo el sufrimiento y a dejarme vacía, poco a poco, delicadas, incluso con torpeza.

Fluían, fluían, arriba, abajo, sin descanso, sin fin; para que no hubiese más imágenes oscuras, para que ya nadie pudiese arrebatarle ese atisbo de felicidad. Las olas se lo llevaron todo, ojalá así hubiera sido. Sin penas. Sólo el fluir del salitre, el sonido de una nube al resquebrajarse, la arena, las conchas, las huellas. No,no hay huellas. Al menos en aquel momento dejó de haberlas.

Desperté en un lugar extraño. No había mar, ni siquiera podía persibir su olor. Era un cuadrado de dimensiones mínimas. Prácticamente no podía moverme. ¿Qué ha pasado? Una gota de sudor comenzó a resbalar por mi nariz. Se tornó frío de repente y el peso de mil años rebotó en mi espalda como la mayor de las piedras. Tomé aire. Respiraba entrecortadamente. Estaba asustada. Los cimientos de mis inseguridades tanto habían crecido que ahora me amenazaban desde lo alto. Comencé a escuchar una risa estridente. Una sucesión de imágenes que quiso pasearse por mi mente comenzó a dejarme un sabor amargo en los labios: un candado, un par de cejas que se alzaban con ironía, el humo de un cigarro, el beso que siempre debió pertenecerme, un teléfono, figuras de plástico de colores, animales peludos que emitían extraños chillidos, el vello erizado de un antebrazo, la angustia del que hace lo que no quiere, un libro de páginas destrozadas, ironía, ironía, ironía. Nunca aprenderé. Me cobijé en una esquina a esperar, porque... ¿qué más podía hacer? Mi mente me estaba ganando la batalla. Y las paredes... cada vez más cerca. Muero, pensé. Moriré aquí. Aplastada por toda esta angustia que yo misma he tejido.

Pero no. Unas suaves gotas de luz me despertaron. Me había dormido en la arena, en la playa la hora mágica lo dominaba todo y la maravillosa estampa de aquella unión de mar, tierra y cielo me devolvía el recuerdo de momentos mejores. La jaula había desaparecido. Sólo quedaba yo; el mar y yo. Me desperecé con torpeza. Recogí mis cosas. Y me paré a pensar. La idiotez del ser humano es infinita, sí, pero es lo único que nos queda. No somos más que un amasijo de tejido bien ubicado y una mente débil, floja, impráctica, perecedera y que ejerce la más dolorosa de las traiciones sobre nosotros. La mente. Valiente basura. El mayor desecho de la humanidad. Algo absolutamente inútil a no ser que el sufrimiento sea plato de gusto. No lo es, no lo es. El mar, con sorna, me devuelve en tonos dorados el reflejo de una lágrima. A fin de cuentas, es todo lo que queda: las lágrimas. La limpieza y la purificación de nuestra estupidez, pero inútil también porque son ilimitadas. Cuando pensamos que es imposible derramar siquiera una más, allá se inicia un nuevo torrente que nos vacía por poco tiempo. Cojo una piedra. La lanzo con fuerza, lejos. El mar se la traga sin compasión. Como todo.

Y me alejé, me alejé de aquello, de todo. El mar, sin descanso, fue quien se encargó de eliminar mis huellas de la arena.
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Psicodelia

No quiero abrir los ojos. Quiero que la fiesta se prolongue durante veinticuatro horas, los siete días de la semana, cada minuto. Quiero que esta nube me acompañe siempre y se mueva conmigo, que envuelva cada trocito de mi piel y se introduzca por cada poro, que el suave y dulce olor no se despegue de los pliegues de mi ropa.

Me tiendo suavemente en el asiento. Apoyo las manos en el regazo, las noto húmedas, pegajosas, suaves, extrañas. Las yemas de los dedos ya no me pertenecen. Las noto lejos, muy lejos. Comienzo a escuchar las notas musicales que brotan de algún aparato de madera. El vinilo gira y gira, lo escucho, noto los surcos como si la aguja los trazase en mi piel. Caen mis párpados. Muy suave, muy despacio, trazando espirales multicolor en mis pupilas, que se oscurecen por momentos. El mundo, alrededor, se asemeja a un teatro, un gran teatro con decorados de cartón y papel celofán. Todo avanza despacio y, por unos instantes, me siento capaz de detener el tiempo, de entretejerlo a mi antojo entre los dedos como una madeja de hilo dúctil, maleable, a la vez espeso y mojado. Ahora tengo un ovillo de tiempo en las manos. Con los ojos cerrados, noto cómo se va transformando en un ópalo tornasolado que crece sin cesar. Se vuelve una maraña inmensa que me aplasta bajo su peso.

Dejo que mi cuerpo caiga un poquito más hacia atrás. Mi cuello reposa contra el asiento. Noto mil arañas que suben por mis pantorrillas y me acarician con malicia las rodillas. Se posan en mis muslos con descaro y siento el impulso de acariciar fuerte mi piel para paliar el picor. Vuelvo a tener uñas. Me araño despacio, con parsimonia, recorriendo una y otra vez la misma línea enrojecida. De nuevo aparece el enorme ópalo, trazando líneas de color amarillo que se convierten en estelas de diminutas chispas azuladas. Van dejando su huella por el aire. Se acercan a la nube que me envuelve y, de repente, todo huele a melocotón. Abro la boca y con la primera aspiración todo parece tener el sabor de esa dulce fruta. Mi cuerpo se desplaza por su silueta redondeada, acaricio la piel de terciopelo, lanzo a la nada una sonrisa de placer.

Regresa el teatro. Se llena de marionetas y seres emplumados que emiten gemidos ininteligibles. Los oigo lejos, desvanecerse, evaporarse en la atmósfera plateada. La nube que me envuelve se vuelve más palpable, más dulce. Ahora tiene el dulce aroma de una mujer a la que conocí hace algunos meses. Abro los ojos. Mi nebulosa particular. Ahí sigue, no se ha ido, no se irá hasta que así lo desee.

Despacio, con pereza, con cansancio, desplazo mi cuerpo hasta erguirme y camino con serenidad. Un pie tras el otro, como siempre. Despacio. Sin prisas. La nube me sigue. Me acaricia el cuello y las curvas de los brazos. Cruzo el umbral de una puerta. Me voy.