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La batalla

Centellea el cero bajo el sol. La sangre le salpica la armadura. A sus pies, aún palpitante, yace el cuerpo de la monstruosa bestia. Su mordedura es venenosa, dicen algunos. Por las sienes del Caballero Blanco resbalan gotas trémulas de sudor y de gallardía. Le da la espalda al sol y emprende un regreso lento, noble, sereno.

La Reina Roja, mientras salpica de cobalto el cielo estrellado de su lienzo, lanza rápidos vistazos al exterior. Espera a su Odiseo particular y se entretiene haciendo bailar su pincel para componer pinturas que conmemoren cada victoria.

El sonido del metal la despierta de su letargo. Se lanza escaleras abajo, dejando tras de sí un halo de jazmín y orquídeas. Él no tolera la espera: lanza su espada, se despoja del yelmo, estrecha a la Reina; la siente, la respira. Es suya otra vez.

Cada batalla en el desierto, cada hidra despedazada, cada uno de los enemigos devastados y aniquilados... nada es comparable a yacer con la Reina Roja. Su cuerpo se torna carmesí, un torrente desbocado de sensualidad y dulzura. Sus pupilas, encendidas, refulgen como el más puro de los metales. Cada beso duele y quema. Comienzan esa danza furiosa, ese frenesí empapado en magia negra; resuenan los gemidos en el torreón y en el interior de su pecho. La Reina Roja. La encarnación del candor y la esperanza; una bacante, una ménade, una diosa. 

Amanece. Se escuchan los goznes del puente levadizo, el castillo aún duerme. El Caballero Blanco, su silueta recortada en el horizonte gris, echa la vista atrás. Una sonrisa lo espera en el torreón. No hay dragón lo suficientemente fiero ni guerrero tan letal que le impidan volver, como cada plenilunio, a derrocar a la Reina Roja en la más dulce de las batallas.

TY

No pensar, ese es el truco. Lanzarse de cabeza hacia el mar y que el agua empape la piel y los sueños. Sentirse libre. Nadar desnudo al atardecer, con mil chispas de rubí parpadeando en las olas. Dejar que fluya la inspiración, que me sostengan las yemas de tus dedos, que el dios dorado me corone de luz. ¿Pensar? No. ¿Sentir? Todo. No sabemos si mañana saldrá el sol, no conocemos el camino, pero hoy quiero que estas aguas sean sólo nuestras.

If the sun refused to shine, I would still be loving you.
If the mountains should crumble to the sea, there would still be you and me.

Echoes

Sin poder elegir el mejor de los versos. Que se quede cada palabra, cada sílaba formando el engranaje adecuado, cada pellizco de sal, que todo sea verde y submarino, que acechen medusas cubiertas de láminas de cristal perlado.

Quizá somos esos extraños, esas miradas que no comprenden. Puede que, desde lo alto, mil aves apunten con sus garras hacia nuestros ojos. Laberintos lacados. Una celda vacía de la que se ha escapado alguien que solía amar antes de pudrirse y morir. No hay canciones de cuna ni caricias en la mañana. Todo tiene el perfume de la ceniza.

El faro no altera su giro bajo el alarido del viento. La luz de la mañana aletea sobre los rizos de las olas. Escucho los tambores. No sé si hablan de mi derrota o me susurran tu victoria. No importa. Alzo el estandarte y elevo mi cuerpo hacia los astros. Me recorren la luna y el sol. Baten los cristales. Se cierra cada ventana. Resuena un aullido desesperado, desgarrador, mortal. Se apagan las llamas y las estrellas. Se cierran las cortinas y me vuelvo con la marea, muy lentamente, mientras camino sobre laberintos de coral.

Overhead the albatross hangs motionless upon the air

And deep beneath the rolling waves
In labyrinths of coral caves
The echo of a distant tide
Comes willowing across the sand
And everything is green and submarine.

And no-one called us to the land
And no-one knows the wheres or whys
But something stirs and something tries
And starts to climb towards the light

Strangers passing in the street
By chance two separate glances meet
And I am you and what I see is me
And do I take you by the hand
And lead you through the land
And help me understand the best I can

And no-one calls us to move on
And no-one forces down our eyes
And no-one speaks and no-one tries
And no-one flies around the sun

Cloudless everyday you fall upon my waking eyes
inviting and inciting me to rise
And through the window in the wall
Come streaming in on sunlight wings
A million bright ambassadors of morning

And no-one sings me lullabies
And no-one makes me close my eyes
And so I throw the windows wide
And call to you across the sky

MJ (VI)

I like watchin' the puddles gather rain

Canta muy despacio. Paladea sus sílabas, y sé que lo escribió hace décadas tan sólo para mí. Pienso en cartas que prendieron en el fuego, en respiraciones que dolían detrás del corazón, en bailar muy lentamente al son de esos versos. Hoy no deseo otra cosa. Moverme al compás de aquella melodía que nació mucho antes que yo.

Abre la puerta. Extiende la alfombra. Ofréceme un narciso, una azucena, un nomeolvides. Rema conmigo bajo un sauce llorón. Escuchemos el diálogo de las hierbas. Y cuando quiera mirar arriba y recordar formas que, en las nubes, se han ido para siempre, desperézate conmigo y sostén mi cintura: no me dejes regresar. Ancla mis piernas a la tierra. Acércame al mar y permíteme perderme entre sus suspiros salados. Que me lleven las olas. Que el plenilunio me sorprenda nadando desnuda.

Enciende una llama en la nieve. Busca un sendero salpicado de hielo. Deposita tus armas, sigue las luces del norte, la brisa amoratada, la marea de plata y luz. Asciende con la serenidad del humo. Que te empape la lluvia.

Engranajes y aciertos

Me pierdo en ensoñaciones en las que palpito en esas venas de nieve, muy dentro, sellando cada poro, cauterizando las heridas. No veo sombras. Sólo veo la curva de unos labios que algún día reescribirán la historia, que vibrarán en mi piel como agujas trazando un dragón. Nacen tres soles. El primero es una manzana de caramelo: carmesí, húmeda, que me trae un recuerdo de infancia y una tentación que no debe prohibirse. Los otros dos... los otros son ventanales sellados con laca del color de las esmeraldas, reflejan su luz en un prisma de infinitos vértices; me llevan al pasado y lo recorren conmigo, se llevan mis lágrimas, me enseñan un futuro en que sólo existe el olor a mar que tanto extraño. Aletean mariposas entre las olas, recorro tus huellas en la arena y desearía estar entre las yemas de tus dedos, que te llevases cada gota de sal, cada grano de arena. Construye un reloj de sol para los dos. Un reloj sin mecanismo, sin ruedas, sin engranajes. Un reloj sin mecanismo para que el tiempo no se escape, para que cada amanecer me sorprenda desnuda contemplando a esos surcos de marfil convocar llamas de color púrpura, para poder consumirme en esa hoguera cada anochecer. Miro atrás y alzo mi copa. Brindo por todo, por lo que no existe, por lo que pervive, y sobre todo por aquellas gotas de rocío que nos salpicaron cuando pensamos que, en realidad, ni lo demás ni nosotros importábamos. Por las veces que hemos errado. Por todas las que acertamos.

Pasado

Y ayer... ¿qué voy a hacerle si ayer era ayer?

Puedes permitirte ser un insecto durante un rato y escarbar en la basura, ¿quién te impide regocijarte con el pasado, con las esquinas más tristes, con el llanto de las estrellas? Hazlo, recuérdalo, revívelo. Que vuevan a pasearse mil arañas por tus muslos y que las luces se apaguen bajo los escombros. Vuelve a la sombra de cada árbol y olfatea el mar desde el sótano, donde nadie te vea, donde todo sea húmedo.

Y después, sólo después, piensa en la manera en que te devolvieron a la vida. De la mano, no siempre con dulzura, pero siempre con una sonrisa. No puedo decir que hayas dejado caer las riendas, no lo has hecho. Estás bajo cada estrella que gime de dolor, bajo cada sombra en el cementerio, bajo la pútrida arena del infierno. Tu marea de azul y estío penetra en cada grieta con parsimonia, no se detiene, aunque avanza despacio.

Devora las estrellas. Desgarra las sombras. Congela la arena.

Tal como soy

Acepta esas mañanas silenciosas en que me deslizo como una sombra de manos frías. Admira todo aquello que no soy, lo que no he podido ser y lo que nunca seré. Contempla mis noches carmesí, toca un blues en mi cuerpo, acaricia mis rodillas. Observa mi pasado y déjalo escapar. Decide que mis noches de charla con Mary Jane son necesarias, pragmáticas, mías. Escucha conmigo la herida en el surco de un vinilo, ábrete a mis pentagramas. Acaricia mis mejillas cuando me veas llorar, pero no quieras llorar conmigo. Baila junto a mí cuando el vapor etílico me inunde. Bebe mi vino. Deslízate bajo mi ropa, tiéntame, úsame. Muerde mi paladar con tus ladridos. Confórtame cuando Atlas quiera rendirse y soltar su carga. Canta conmigo a la vida, a la desilusión, a la luna. Palpita, despacio, cálido, como oro líquido. Eviscera mis entrañas desde el interior y devuélveme a la vida. Resucita mi mente. Aléjame del muro. Abre las ventanas. Hazme soñar. Suéñame. Tal como soy. Entera y en diminutas piezas, fría y caliente, cielo y magma, vapor y llamarada, nube y destello. Ámame así.
 
Escombros del siglo XXI | TNB