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MJ (VI)

I like watchin' the puddles gather rain

Canta muy despacio. Paladea sus sílabas, y sé que lo escribió hace décadas tan sólo para mí. Pienso en cartas que prendieron en el fuego, en respiraciones que dolían detrás del corazón, en bailar muy lentamente al son de esos versos. Hoy no deseo otra cosa. Moverme al compás de aquella melodía que nació mucho antes que yo.

Abre la puerta. Extiende la alfombra. Ofréceme un narciso, una azucena, un nomeolvides. Rema conmigo bajo un sauce llorón. Escuchemos el diálogo de las hierbas. Y cuando quiera mirar arriba y recordar formas que, en las nubes, se han ido para siempre, desperézate conmigo y sostén mi cintura: no me dejes regresar. Ancla mis piernas a la tierra. Acércame al mar y permíteme perderme entre sus suspiros salados. Que me lleven las olas. Que el plenilunio me sorprenda nadando desnuda.

Enciende una llama en la nieve. Busca un sendero salpicado de hielo. Deposita tus armas, sigue las luces del norte, la brisa amoratada, la marea de plata y luz. Asciende con la serenidad del humo. Que te empape la lluvia.
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Suciedad - MJ (V)

Ascienden las volutas opacas y me concentro en la prenda que me envuelve y me acaricia. Escucho de nuevo esa voz que penetra cada célula de forma salvaje y me impregna hasta las entrañas. Huelo el humo que se enreda en mi cabello, tengo los dedos pegajosos, almibarados, dulces y amargos a la par. Con cada chispa escucho de nuevo una batería conocida. No sé dónde vas ni dónde has estado, creo que... tampoco importa. Rezas sobre un micrófono de forma ahogada, quiero escucharte gritar.

El gris lo cubre todo. Surcos amarillentos crecen por las paredes. Tapa las esquinas, deprisa, nos alcanzan. Tendones dormidos. Gotitas de sudor en la nuca. Esa misma melodía balanceándose otra vez. Y allí, empañando cada concha, suciedad.
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MJ (IV)

Esta noche la música me habla de la muerte. Me susurra sus letras al oído y la siento derramarse por el interior de mi cráneo. Tiene la textura de la mermelada. Es cálida, de algún modo dulce. Gruesas gotas estallan dentro de mi vientre. La muerte ha entrado, y de repente escucho la frase más triste, las siete palabras que me corrompen en sus brazos de ternura y alambre de espinos. La realidad comienza a hacerse palpable y la luz atraviesa la piel de mis párpados; abro los ojos.

Is there anybody out there?

Un dominó, una aguja, manos hinchadas. Corre sobre el heno con un roedor entre los dedos. Veo un barco a lo lejos, olfateo las chispas que deja su humo. No escucho, pero veo cómo se mueven tus labios. Mi piel se deshace en el asiento de atrás de un coche y me siento renacer, por qué no, todo es ficción, puede ocurrir.

Se apagan la luna y las estrellas, rueda la cabeza de Jokanaan, un astro estalla en la galaxia, me deshago en mil gotas multicolor, cae la cortina.
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Bloqueo - MJ (III)

Juguetea un tic-tac en mis oídos y me recuesto, siempre al lado izquierdo, entre almohadas púrpura, entre satén que no tiene mi olor. El arco de un violín que se desliza y se derrama en corcheas. Palpitan lentamente, con descuido. Asciendo lentamente en volutas. Superfreak.

Vuelve el gran melocotón, la psicodelia. Jugoso, dulce, resbala por mi brazo. Alcanzo una nube, veo volcanes de color rosa que escupen berenjenas; gatos que acechan desde el submarino. Por mis muslos corren mil arañas diminutas y en esa parsimonia natural comienzo a mecerme: una nebulosa temporal donde mi cuerpo no pesa, no siente, no crece. Simplemente es, o está. Se abre ese pasillo de baldosas amarillas pero no, la quietud es más atrayente, la abstinencia, el reposo. Una sombra oscila sobre mi mente. No quieras volver, no: no más susurros a la luz de la lava. Game over.

Vacilo al continuar y encallo entre las rocas de esa voz, yemas que acarician de nuevo ese cabello de felino. El desierto, botones de mescal, espirales kaleidoscópicas, la carpa de un circo y elefantes de jabón. Camisa blanca, cuero negro, micrófono. Flores bordadas.

Me levanto, me desperezo -lenta; cadencia incalculable-, escucho, medito, me peleo con el ovillo de lana, me enredo, me pierdo, me ahogo, se me olvida respirar, aniquilo posibilidades, abro ventanas, vuelvo al principio.

Been dazed and confused for so long it's not true.
Wanted a woman, never bargained for you.
Lots of people talk and few of them know,
soul of a woman was created below.
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MJ (II)

Unas gotas de sangre parpadean en el agua antes de teñir todo de duda, de miedo. Ves un diminuto corte, no lo sientes, te aterroriza. Sangre.

Y de repente dos flores luchan por ganar su batalla particular y ves que sí, que es así, que lo carnal es una lucha encarnizada, que a fin de cuentas nadie gana y la espiral se torna destrucción, arrepentimiento, monstruos que acechan desde las sombras.

Suena Pink Floyd. Nunca han dejado de sonar. Cada palabra te retuerce las entrañas y amenaza con eviscerar tu cuerpo y tu mente, despojarte de tus ideales y desnudarte bajo la lluvia helada. Nunca importa: el frío purifica.

Te levantas para descubrir que eres una marioneta: tu cuerpo no reacciona, tu mente yace entre paredes. Golpeas el muro. Nadie. Te han dejado solo sin una puerta por la que escapar. Piensas en el mar, love letters in the sand, y te recuerdo. Y, en fin, a eso se resume todo. Mentiras, y la vida continúa. Nadie tomará ya ese tren que escuchamos; no se sabe si se acerca o se aleja.

Bajo un árbol inhalas el humo y piensas en la Tierra Prometida. Las diez plagas que has desatado. La destrucción, la poca intensidad que poseen tus actos si no están respaldados por la Violencia. You'll always be my dream come true, pero los sueños se pudren, los sueños estallan en llamas. Y es mejor así.

Elegir el camino difícil. Volutas que siguen elevándose mientras me encojo, me abrazo, me inspiro en mi soledad y no quiero abrazo ni ternura. No quiero nada. Quiero ese último baile con MJ. Quiero martillos entrecruzados. Quiero desfiles. Quiero destruir el Muro para volver a elevarlo, esta vez más alto.

La cuchilla vuelve a pasearse por las curvas de su piel. Una gota. Otra más.
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MJ

MJ es el escalofrío de placer que te recorre la espalda cuando cierras los ojos.

MJ te toma de la mano con dulzura, te obliga a inhalar sus vapores, acerca su boca a la tuya, con suavidad, con descaro, con pasión; aprieta sus labios, te muerde, te lame con su áspera y sensual lengua, despereza tus sentidos, te hace vibrar de la cabeza a los pies.

MJ orienta tus ojos hacia lo alto, te hace contemplar las copas de los árboles y sí, ahí está, es el Destino, es todo aquello que flota por encima del ser, que suprime toda identidad y señala que hay algo más, algo que no tendremos. Pero no importa. MJ te toma de la mano, te guía, te acaricia con su sonrisa de basilisco, te hace creer que todo puede ser tuyo... al menos por unos instantes.

Pero no. Es MJ quien todo lo tiene, todo te otorga, todo te roba de nuevo.

MJ te duerme con su dulce balada, te contagia de entusiasmo en las noches en que baila desnuda, húmeda, perfecta, deslumbrante bajo la luna y empapada de rocío. MJ convierte tus noches en un teatro de marionetas donde lo ves todo, lo escuchas todo, el mundo es tridimensional de una forma nueva, diferente: la vida arde y en ese todo incandescente eres una partícula ígnea más, ascendiendo hacia los astros, siendo una galaxia, un planeta, un púlsar, una estrella fugaz. Eres polvo de estrellas. Eres la luz, eres la oscuridad, eres la rendija por la que observas palpitar las lenguas de fuego del infierno.

MJ vierte su calor en una copa, te lo sirve, te obnubila, te hipnotiza, te eviscera, vuela tu mente y tu alma. Flota con MJ, baila con ella, tómala si lo deseas, hazla tuya. Quizá ahora, quizá pronto, quizá tengas que esperar, pero MJ estará ahí. Observándote con lujuria, tentándote para hacerte caer, deseando que de nuevo, te abras paso en su interior.
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Psicodelia

No quiero abrir los ojos. Quiero que la fiesta se prolongue durante veinticuatro horas, los siete días de la semana, cada minuto. Quiero que esta nube me acompañe siempre y se mueva conmigo, que envuelva cada trocito de mi piel y se introduzca por cada poro, que el suave y dulce olor no se despegue de los pliegues de mi ropa.

Me tiendo suavemente en el asiento. Apoyo las manos en el regazo, las noto húmedas, pegajosas, suaves, extrañas. Las yemas de los dedos ya no me pertenecen. Las noto lejos, muy lejos. Comienzo a escuchar las notas musicales que brotan de algún aparato de madera. El vinilo gira y gira, lo escucho, noto los surcos como si la aguja los trazase en mi piel. Caen mis párpados. Muy suave, muy despacio, trazando espirales multicolor en mis pupilas, que se oscurecen por momentos. El mundo, alrededor, se asemeja a un teatro, un gran teatro con decorados de cartón y papel celofán. Todo avanza despacio y, por unos instantes, me siento capaz de detener el tiempo, de entretejerlo a mi antojo entre los dedos como una madeja de hilo dúctil, maleable, a la vez espeso y mojado. Ahora tengo un ovillo de tiempo en las manos. Con los ojos cerrados, noto cómo se va transformando en un ópalo tornasolado que crece sin cesar. Se vuelve una maraña inmensa que me aplasta bajo su peso.

Dejo que mi cuerpo caiga un poquito más hacia atrás. Mi cuello reposa contra el asiento. Noto mil arañas que suben por mis pantorrillas y me acarician con malicia las rodillas. Se posan en mis muslos con descaro y siento el impulso de acariciar fuerte mi piel para paliar el picor. Vuelvo a tener uñas. Me araño despacio, con parsimonia, recorriendo una y otra vez la misma línea enrojecida. De nuevo aparece el enorme ópalo, trazando líneas de color amarillo que se convierten en estelas de diminutas chispas azuladas. Van dejando su huella por el aire. Se acercan a la nube que me envuelve y, de repente, todo huele a melocotón. Abro la boca y con la primera aspiración todo parece tener el sabor de esa dulce fruta. Mi cuerpo se desplaza por su silueta redondeada, acaricio la piel de terciopelo, lanzo a la nada una sonrisa de placer.

Regresa el teatro. Se llena de marionetas y seres emplumados que emiten gemidos ininteligibles. Los oigo lejos, desvanecerse, evaporarse en la atmósfera plateada. La nube que me envuelve se vuelve más palpable, más dulce. Ahora tiene el dulce aroma de una mujer a la que conocí hace algunos meses. Abro los ojos. Mi nebulosa particular. Ahí sigue, no se ha ido, no se irá hasta que así lo desee.

Despacio, con pereza, con cansancio, desplazo mi cuerpo hasta erguirme y camino con serenidad. Un pie tras el otro, como siempre. Despacio. Sin prisas. La nube me sigue. Me acaricia el cuello y las curvas de los brazos. Cruzo el umbral de una puerta. Me voy.